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Niños sin afecto: adultos antisociales

 

sociopatia
Cuando los niños no reciben los suficientes cuidados, no desarrollan Empatía, es decir, no pueden comprender las emociones de los otros, ni comprenden el dolor que causan con sus búsqueda incesante de autisatisfacción (Foto:XGB)

Uno de los hitos de la Psicología sobre la conducta antisocial ha sido descubrir que la falta de Empatía o apego temprano genera conductas antisociales o sociopáticas, esto significa que las personas desarrollan un carácter egocéntrico, cuyo único interés es su autosatisfacción, por lo que son incapaces de conmoverse ante el dolor ajeno.

 

La empatía es una competencia socio-emocional que se desarrolla en los primeros años de vida, y que puede anularse cuando el niño no recibe la atención necesaria, sufre estrés excesivo, abandono o maltrato en sus primeros años de vida.

En el libro “El niño criado como un perro” el psiquiatra Bruce Perry explica con detalle, casos alarmantes de daño psicológico infantil, ocasionados por el abandono emocional. El experto menciona episodios reales de niños dejados al cuidado de extraños quienes les abusaban sexual o emocionalmente, niños poco atendidos y carentes de afecto, e incluso algunos, tratados como animales.

Algunos de los  casos, de los niños  que fueron rescatados a temprana edad, o que recibieron en algún momento el afecto de sus familiares, pudieron recuperarse; pero otros, debido al largo tiempo de maltrato, no desarrollaron su cerebro y quedaron limitados de la vida social. Un ejemplo extremo es el de un asesino múltiple de 17 años, quien, inducido por el alcohol y la falta de vigilancia, pateó, amarró y luego apuñaló a dos vecinas de 13 años y luego las violó, porque ellas se negaron a tener sexo con él.

Tras una minuciosa investigación, el psiquiatra averiguó que este niño asesino fue gravemente desatendido desde sus primeros meses de vida por su madre, una mujer de bajo desarrollo intelectual, que desconocía las consecuencias de dejar a un bebé en solitario durante varias horas.

La ausencia de respuesta ante sus lloros o reclamos por hambre o dolor, transformaron al bebé en un ser insensible, sin apego afectivo hacia sus padres, con incapacidad para relacionarse.

Esas carencias afectivas fueron evidentes desde sus años pre-escolares; no obstante, su inteligencia y raciocinio quedaron intactos.

El psiquiatra infantil comprendió el tremendo efecto de las carencias de afecto y cuidado sobre la salud mental, y le permitió advertir a la sociedad la urgencia del cuidado afectuoso para los niños.

Perry explica que los niños criados en familias amplias, donde varias personas se abocan a su atención, tienden a ser más confiados y optimistas, a creer más en la naturaleza amable de la sociedad, y a comportarse en consecuencia.

De hecho, Perry rechaza el estilo educativo en el que los profesores o cuidadores deben evadir el contacto con los niños para prevenir los casos de abuso sexual, denunciando que se ha llegado al extremo contrario. Los efectos beneficiosos de los abrazos y el contacto físico son más que evidentes para tranquilizar a los niños pequeños.

Es, precisamente, la carencia afectiva lo que hace a los niños más propensos a caer en las garras de desconocidos, quienes les atraen ofreciéndoles el cuidado y las atenciones que no reciben en su entorno cercano.

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Cuando tu mente genera resultados… ¿En qué estabas pensando?

¿En qué estas pensando?
¿What are you thinking?

¿Cuánto de la angustia que sufres, de la ira que te quema o la tristeza que te aplasta dependen de tu manera de pensar?

Los terapeutas Cognitivo-Conductuales opinan que casi todo, por aquello de no generalizar.

Desde mediados de la década de los 50, el psicólogo norteamericano Albert Ellis, desarrolló la Teoría Racional Emotivo Conductual (TREC, siglas en español),  un método de asistencia para pacientes aquejados con problemas recurrentes, según la cual, no son los sucesos externos los que causan nuestros desequilibrios, sino lo que pensamos de ellos, o cómo permitimos que éstos nos afecten.

La TREC se refleja  en una pirámide de elementos, que se sustentan en las creencias profundas guardadas en nuestro inconsciente, allí se encuentran los valores, los esquemas de conducta, las tradiciones y las normativas familiares y sociales que dan estructura o determinan aquello que consideramos importante, valioso, o lo contrario. Sobre ella están las emociones, y más arriba, las acciones o conductas que surgen del empuje emocional.

Cuando percibimos sucesos o cambios importantes en nuestra vida, estas valoraciones que subyacen en el subconciente se activan automáticamente en nuestra mente y generan pensamientos que, en muchos casos, nos generan malestar,  causándo emociones intensas: tristeza, miedo o ira , como mecanismos de defensa ante esas situaciones que creemos nos causarán daño.

Estas estructuras subyacentes pueden ejemplificarse como un sofware, un sistema operativo que determina funciones básicas de nuestra mente.  Son automáticas y por ello que aparecen de manera autónoma, con valoraciones de las situaciones que lejos de ayudarnos a alcanzar nuestros objetivos,  nos limitan como obstáculos que una y otra vez nos paralizan o nos hacen tomar decisiones o acciones equivocadas.

Cuando estos pensamientos nos generan malestar con  intensas emociones negativas, usualmente vienen acompañados de órdenes, ideas estrictas o estigmas radicales que fácilmente pueden ser anulados por un razonamiento equilibrado.

Frases exageradas, juicios de valor, estereotipos,  ideas derrotistas o elucubraciones futuristas acompañan a  momentos muy dolorosos, que podríamos aliviar con un poco de reflexión calmada.

  “Todo está perdido… Ya no puedo más…  No tengo más oportunidad… Soy un fracaso…. No debería suceder esto nunca más… La vida es una desgracia …” y otras tristes ideas cómo estas,  no contribuyen en nada a lograr nuestros objetivos, sino que por el contrario, nos quitan la energía y nos causan una lucha interna que nos deja aturdidos.

Ellis, Aaron Beck y otros muchos terapeutas que aplicaron esta terapia durante años en su consulta, encontraron que sí es posible modificar estas creencias o ideas disfuncionales de nuestra mente,  cuando comprendemos que son  irracionales y no tienen fundamento lógico… Son el resultado de ideas desesperadas que podemos cambiar por una visión más flexible, tolerante y armónica de la vida.

La TREC enseña que como adultos, podemos tomar conciencia de qué pensamientos dominan nuestra mente, especialmente en los momentos en los que nos sentimos apesadumbrados,  y comenzar a rebatirlos con ideas lógicas, racionales, como las que le diríamos a un amigo, a un hermano o un hijo en un momento de dificultad o derrota.

Los pensamientos motivadores, optimistas, son un buen antídoto contra esas ideas aterradoras que nos quitan el deseo de trabajar, de buscar nuestros sueños. Sobre todo, nos dan una valoración justa, amable e incondicional hacia nosotros mismos, tal como lo merece todo ser humano, todo ser vivo que aspira el bienestar para su vida y la de sus seres queridos.